Si hace ya casi 14 años este BourbonStreet Online que tenéis ante los ojos vio la luz fue, en gran medida, gracias a la fascinación que a David y a mí nos provocaban dos sublimes blogs de la época. Uno era BoogalooCorner, de un tal Manolo, un tío que más que una persona era una enciclopedia musical viviente, de gustos muy eclécticos pero siempre interesantes. Y el otro era Jassitup, Boys!, de la andaluza afincada en Madrid Olvido Andújar, capaz deconvertir una reseña sobre un disco de jazzen un relato erótico. Y precisamente ayer terminé En clave de jazz (2020), el libro de poemas que esta última publicó hace escasos meses.
A pesar de mi analfabetismo poético, que es mucho, leer esta magna obra es todo un placer, empezando por la preciosidad de la edición, muy cuidada, elegantemente diseñada, y hasta de tacto sugerente. Cada poema está inspirado por uno de los clásicos del jazzfavoritos de la autora, y está precedido por una breve pero interesante reseña sobre el/la intérprete del corte en cuestión. Pero sobre todo, es una maravilla por la emoción que emana de cada texto, por la pasión con la que están bordadas sus palabras, por los retazos de vida que nuestra musa Olvido se ha dejado en cada frase.
Además, para goce y disfrute de los que somos legos en jazz, la poetisa ha confeccionado sendas playlists(una para Spotify, otra para Youtube) con las brutales canciones que inspiran los poemas, en el orden que siguen en el libro. Una magnífica puerta de entrada, pues, a un género en el que no siempre es fácil adentrarse.
Así que si os gusta el jazzy/o la poesía, En clave de jazz (que se puede adquirir en la tienda virtual de Lastura Ediciones por 13 irrisorios euros), ya está tardando en estar sobre vuestra mesita de noche.
Acabo de terminar Miles (1989), la autobiografía de Miles Davis, que publicó 2 años antes de su muerte. Un libro directo, donde el trompetista desgrana su trayectoria artística y también personal. Davis habla sin tapujos, lo que revela su espíritu creador, pero también lo radical de su pensamiento (a menudo racista y misógeno) y actitudes. Pero hay que agradecerle la franqueza, ya que permite descubrir el lado más salvaje y excesivo de esta leyenda del jazz más allá de la genialidad y sensibilidad que caracterizan sus composiciones.
Una lectura amena y a menudo sorprendente, con decenas de referencias detalladas sobre quién componía su banda en cada momento de su carrera (y es admirable descubrir como músicos que empezaron con él se convirtieron luego en grandes del género, como Herbie Hancock, Art Blakey o Gerry Mulligan, entre muchos otros). Y también con las obligadas incursiones en las etapas más morbosas de su vida, repletas de drogas y sexo a todos los niveles.
Muy recomendable para los que no somos fans suyos, e intuyo que indispensable para los que sí lo son.
En mi periplo por Brasil en 2006 descubrí varios artistas, algunos
de los cuales sigo escuchando (soy un enamorado de María Rita, por
ejemplo), y otros que ya no. Sin embargo, me topé con el disco que hoy
nos ocupa algunos años después, en el fantástico blogJass It Up, Boys!de Olvido, inspiradora de este nuestro blog y por tanto en cierto modo culpable de que hoy esté escribiendo estas líneas aquí. Curiosamente, pese a que cuando estuve en Brasil no lo conocía, es este Getz/Gilberto
(1964) el álbum que más me recuerda a mis semanas en el país
latinoamericano. Es escuchar cualquiera de sus temas y teletransportarme
al instante a Jericoacoara, el pueblecito costero entre Fortaleza y Sao
Luís donde pasé los últimos días del viaje.
La cadencia del jazz y la bossa nova, el rumor de las percusiones que
suenan a oleaje, la brisa cálida del saxo de Stan Getz, la melancolía en
las voces de João Gilberto y su mujer Astrud... Todo me devuelve a las calles de arena de Jeri, a los
paseos por la playa, a los atardeceres en la Duna do Pôr do Sol,
a la hamaca que colgaba del porche de la pousada Tropical
Brazil, al sabor agridulce de haber vivido una aventura increíble pero
ser consciente que quedaban pocos días para abandonar uno de los países más cautivadores que he visitado.
¿Se
pueden recomendar solo 2 o 3 canciones de este disco? Difícil. Todo él,
con su media hora escasa de duración, es perfecto, una unidad de la que
cuesta elegir un corte en particular, y mucho más descartar alguno.
Personalmente, yo me quedo con la mítica The Girl of Ipanema y la entrañable Doralice, los dos temas que abren esta joya. Pero vamos, que lo ideal es tumbarte en una hamaca un atardecer de verano, servirte una caipirinha, cerrar los ojos, escucharlo enterito y, hayas estado en Brasil o no, dejar que la saudade te invada.
Impresionante el documental que hay en Netflix titulado What Happened, Miss Simone? (2015). Para un profano como yo, que hasta hace cuatro días mis conocimientos sobre Nina Simone y su obra empezaban y terminaban en la canción My Baby Just Cares for Me,
fue todo un descubrimiento su autobiografía, que ya comenté hace unos meses. Y este reportaje es ideal para profundizar todavía más en la
compleja personalidad de esta leyenda afroamericana y su atormentada vida. Aunque por supuesto, no es necesario haber leído la bio
para disfrutarlo y de hecho, sin referencias previas ni demasiada
información sobre la singular carrera de Miss Simone, debe ser todavía más acongojante.
Si tienes Netflix, deja de ver el 87º capítulo de esa serie que no parece tener fin, y ponte ya What Happened, Miss Simone?
Se acabaron los días de vacaciones, 15 de los cuales los hemos pasado cerca de Nijmegen,
ciudad holandesa a escasos kilómetros de la frontera alemana.
El libro
que me llevé al viaje y leí durante esas dos semanas fue I Put a Spell on You, la autobiografía de Nina Simone, publicada en 1992. Interesantísima la vida de esta leyenda del blues,
con una infancia dura (como la de todos los niños de color que nacieron
durante la gran depresión) y que llegó a superestrella del género un
poco por casualidad, ya que iba para pianista clásica. Una mujer con una
personalidad y una fuerza arrolladoras, muy implicada en la lucha por
los derechos civiles de los negros y con una vida de lo más agitada.
Me
ha sorprendido del libro que, a diferencia de lo que suele ser habitual
en las biografías de músicos, Nina habla poco de artistas que le
influenciaron, productores, estudios, compositores, del proceso
creativo... Pero a cambio, sí se desnuda en el terreno emocional, y
cuenta sin tapujos sus ilusiones, sus miedos, su vida sentimental y
sexual, sus creencias religiosas e incluso místicas. Aunque hay que
decir que, al ser la autora (coautora, de hecho), a menudo suaviza o directamente se
sacude las culpas de ciertos temas incómodos, como sus problemas con el
fisco o la ruptura con su marido y manager, u obvia ciertos temas importantes, como el trastorno bipolar del que fue diagnosticada a finales de los ochenta.
Sea como sea, he gozado de lo lindo descubriendo la vida e intimidades de esta carismática diosa del blues,
una mujer con un espíritu libre e inconformista que la llevó a vivir en
diversos países del mundo. Y cuál
fue mi sorpresa al leer que cuando llegó por primera vez a
Holanda fue para residir precisamente en Nijmegen, donde pasó
algunos años de su vida. Eso explica porqué, conduciendo por la ciudad,
me encontré una calle con su nombre. ¡Toma casualidad!
Curiosa novela donde la leonesa Noemí Sabugal se mete en la piel de Willie Mae "Big Mama" Thornton en la gira que hizo por Europa en 1965 acompañada de grandes del blues como
John Lee Hooker o Buddy Guy, entre otros. Y digo "curiosa" porqué la
escritora no se centra en los conciertos y las aventuras de la banda,
sino que pone voz a los pensamientos de la cantante y armonicista
durante las largas horas de autobús, las esperas en aeropuertos, la
soledad de las habitaciones de hotel... Como telón de fondo, los
convulsos
acontecimientos que sacudían su país al otro lado del Atlántico (el
asesinato de Luther King, la guerra de Vietnam...). Y en la cabeza de
Big Mama, sus inseguridades y miedos, tras una vida dura y llena de
desengaños, y las débiles esperanzas en el disco que iba a grabar en
Londres (Big Mama Thornton in Europe) en un momento en que el blues y el jazz estaban pasando de moda.
Un
libro diferente, parte biografía, parte ficción, parte novela histórica... y todo melancolía. Recomendable para los amantes
de blues y jazz, y que gana mucho si se acompaña con las escuchas de discos como el mencionado
Big Mama Thornton in Europe u otros de esta chica sin suerte, de esta Unlucky Girl.
Hace unas semanas comenté que he creado tres listas públicas en Spotify: Blues that Rocks, Jazz in High Heels y White Trash Blues: The Originals. Ahora les he hecho unas portadas más o menos apañadas, y las he puesto en la columna derecha del blog, apartado Nuestras listas de Spotify (clicando sobre cada imagen se accede a la playlist en cuestión).
La
idea es ir haciendo algunas más, cuando tenga tiempo, e irlas colgando ahí. De momento, las
tres que hay son la mar de recomendables, en mi humilde opinión.
Echadles una oreja, y ya me diréis.
Después de haber probado un par de servicios de
streaming (Apple Music y Tidal, concretamente), parece que me he
decantado por el que se decanta la mayoría: Spotify Premium. Aunque
le veo algunas lagunas (la parte social podría desarrollarse más), me está
gustando mucho: buena interfície, gran catálogo, sugerencias interesantes a
partir de tus escuchas, conciertos cerca de tu localidad...
Además, como estoy como niño con zapatos nuevos, ya he creado mis 3 primeras listas, que voy a compartir aquí por
si alguien les quiere echar una oreja.
Blues that Rocks: blues y blues-rock
a cargo de leyendas como Gary Moore, B.B. King o Albert Collins, y de
adalides del blues contemporáneo como Kenny Wayne Shepherd, Ty Curtis o
Laurence Jones, entre otros.
Jazz in High Heels: Jazz y blues interpretado por voces femeninas. Norah Jones, Melody Gardot o Natalie Cole se dejan ver por esta playlist.
También hay algunos temas de películas donde la cantante en cuestión, ataviada con
vestido largo y tacones altos, deja sin respiración al sector masculino
del tugurio de turno. Así que aquí están Rita Hayworth en Gilda, Madonna en Dick Tracy, Carey Mulligan en Shame y hasta Jessica Rabbit en Quién engañó a Roger Rabbit.
White Trash Blues originals: Los temas originales correspondientes al álbum de versiones White Trash Blues (2017) de The Quireboys, recientemente reseñado en este blog.
Temas de Muddy Waters, John Lee Hooker, Freddie King, Jimmy Reed... Las
canciones, en el mismo orden que en el disco de versiones.
Bowie, Cohen, Lemmy, Prince... 2016 pasó
como una exhalación, y en su estampida se llevó por delante a varias
leyendas de la música. Aunque mi mitomanía se vio más afectada el año
anterior, ya que en 2015 la Parca se anotó, entre otros, a B.B. King, Javier Krahe y a Natalie Cole,
el 31 de diciembre. La de esta última, por cierto y en mi opinión, una
desaparición que no tuvo la repercusión que merecía. Pero es lo que
tiene morirse ese día, que la gente está más por el vestido de la
Pedroche que por la pérdida de una de las grandes divas del soul.
Otra muerte sonada este 2016 ha sido la de George Michael, curiosamente el Día de Navidad, dándole un nuevo y macabro significado al título de uno de sus hits: Last Christmas.
Nunca fui un gran seguidor de Jorge Miguel, pero reconozco que le tenía
cierta simpatía. En primer lugar, por el escándalo que hubo en 1998
cuando fue arrestado por tener relaciones sexuales con un tío en un
lavabo público: me pareció anacrónico, algo más propio de la época victoriana en que vivió
Oscar Wilde que de los últimos coletazos del Siglo XX. En segundo lugar,
porque pienso que era un artista que , tras el exitazo de su primer
disco en solitario (Faith, 1987), podía haberse instalado en el lado fácil (y rentable) de la música,y dedicarse a facturar pop para
adolescentes como han hecho muchos de sus compañeros de profesión. Y
sin embargo, optó por discos más arriesgados y personales, como el Listen without Prejudices (1990) que siguió al Faith, y que no vendió ni de lejos lo que su predecesor.
Y
por último, y aquí es donde quería llegar, porque Georgios Kyriacos
Panayiotou, que ese era su verdadero nombre, dejó en su haber una de las
grandes canciones de los 80. Un tema incluido en el mentado Faith, una canción que es puro jazz,
una balada que he escuchado decenas de veces, y que todavía hoy me
parece soberbia. Hacía meses que la quería colgar y no encontraba
excusa. Desgraciadamente, me la ha tenido que proporcionar la muerte de
su autor, a la temprana edad de 53 años. Descanse en paz.
Así que, unos días después de mi redescubrimiento de los
Allman Brothers y la consiguiente compra impulsiva, recibía One
Way Out: The Inside History of The Allman Brothers Band, cuya lectura
me ha acompañado durante las últimas semanas. Y he de decir que he disfrutado
como un enano.
El libro está compuesto por fragmentos de conversaciones del autor con los
miembros supervivientes de la banda, además de con roadies, managers, productores e incluso músicos como Eric Clapton
o Buddy Guy. Las narraciones de los hechos, las opiniones y los diferentes puntos
de vista dibujan la historia del grupo, no sólo como una retahíla de sucesos,
sino también desvelando porqué ocurrieron y como los vivieron sus protagonistas,
tanto los momentos gloriosos (los inicios, la publicación de sus mejores
discos, la llegada del éxito comercial…) como los trágicos (las muertes de
Duane Allman y Berry Oakley, las luchas de egos, las adicciones, las múltiples
formaciones, la patada en el culo a Dickey Betts…). Además de algunos momentos
tan jocosos como memorables, como cuando la banda conoce al mentado Eric
Clapton, o cuando contratan al guitarrista de Ozzy Osbourne Zakk Wylde para
sustituir a Betts.
Pero lo mejor ha sido echar mano de Internet para hacerme
con la discografía completa de los ABB e ir escuchándola de forma cronológica y
paralela a la lectura de la biografía. Algunos discos ya los conocía, pero
otros que nunca había escuchado antes me han deparado fantásticas sorpresas. Y
los trabajos de la década de los 80, que todos los miembros califican como de “embarrassing”,
me han arrancado más de una sonrisa de condescendencia.
En definitiva, un libro imprescindible para los fanáticos de
los Brothers. Pero si, como era mi
caso, no eres un gran seguidor suyo, seguro que su lectura te hace
irremisiblemente adepto (y adicto) a la obra de esta gran banda. A mí me ha
pasado.
Un domingo de invierno cualquiera. Las
nueve de la noche. Tengo que conducir 100 kms. a solas, en un coche
sin entrada para el iPod, pero sí con reproductor de CD. Rebusco en
mi vieja colección de discos y elijo A Decade of Hits:
1969-1979, de The Allman Brothers Band,
que hace años que no escucho. Pulso el botón de reproducción
aleatoria, y me pongo en marcha.
Empieza sonando Revival, que me
contagia su irresistible optimismo hippie. Buen comienzo.
Activo el Night panel, que minimiza las luces del salpicadero,
y me dejo llevar. Perforo la noche cerrada saboreando el slide
de Duane Allman, los punteos de Dickey Betts, las baterías
hermanadas de Butch Trucks y Jaimoe, el bajo de Berry Oakley, los
teclados y la voz cavernosa de Gregg Allman, el piano tan honky
tonk de Chuck Leavell... Van cayendo el country de
Ramblin' Man, y luego el jazz de In Memory of Elizabeth
Reed, el blues de Trouble No More, el rock'n'roll de
Southbound... Etiquetar a los Allman Brothers como rock sureño
es como describir a Messi como “un buen chutador de faltas”.
Floto sobre la carretera en compañía
de Jessica, de Liz Reed, de Little Martha, de Melissa. Disfruto de
cada matiz, de cada virtuosismo, de cada imperfección, de cada
canción que había escuchado decenas de veces pero que se me
presenta como si hoy fuera la primera. El coche devora la línea
discontinua y el tiempo pasa como una ensoñación. Una hora de
éxtasis. Un viaje sublime.
La mañana siguiente entro en eBay y
encargo el libro One Way Out: The Inside History of The Allman
Brothers Band (2014), de Alan Paul.
De Whiplash (2014) oí decir: "si buscas una historia que te
reconcilie con el mundo, ésta no es tu película". Efectivamente,
estamos ante un filme angustioso, taquicárdico, que te deja el cuerpo con una morbosa desazón. Un profesor de música muy exigente
(merecidísimo óscar para J. K. Simmons) aprieta lo indecible a un alumno
suyo, con el objetivo de convertirlo en el Charlie Parker de la
batería. Así que esto no va de melomanía, sinó de obsesiones enfermizas.
Por suerte o por desgracia (probablemente por desgracia),
mis intereses culturales siempre han sido muy "horizontales": sé un poco
de literatura, un poco de música, un poco de cine, me defiendo
dibujando, he viajado algo, escribo sin demasiadas faltas de
ortografía... Pero nunca una pasión me ha arrastrado tanto como para
dedicarme en cuerpo y alma, ni para intentar ganarme la vida con ella.
Reconozco que me hubiera gustado dominar alguna actividad artística lo
suficiente para destacar, o como mínimo para comer de ella. Pero, o
nunca he estado lo suficiente dotado para ningún arte en concreto, o no
he perseverado lo suficiente. Y, a modo de excusa, pienso que
focalizarme solamente en una afición me hubiera hecho perderme otras
(por ejemplo, empecé a tocar la guitarra, pero el hecho de que tuviera
que renunciar a escuchar música mientras dedicaba horas a ensayar pronto
me hizo abandonar la práctica del instrumento). Eso sí, lo que veo
completamente fuera de mi alcance es obsesionarme tanto por una disciplina como el protagonista de Whiplash.
En fin, y para no aburriros con mis elucubraciones (aka pajas
mentales), sólo decir que el filme es tan amargo como hipnótico, y el
resultado global es fantástico. 100% recomendable no sólo para los
amantes del jazz sinó también para cualquiera que desee sumergirse en
las obsesiones humanas o conocer los niveles de exigencia de la música
en las altas esferas profesionales. Un aviso: si lo veis por la
noche antes de acostaros, os costará pillar el sueño..
Domingo pasado fue el Día Internacional de la Mujer, y para celebrarlo, aquí va una edición femenina de Discos que no te salvarán la vida (pero que te pueden alegrar el día), con los últimos trabajos de 3 "currantas" del mundo de la música.
The Way I'm Livin' (2014), de Lee Ann Womack. Una de mis cowgirls preferidas sacó un fantástico nuevo álbum el pasado 2014. 6 años ha necesitado la tejana para publicar nuevo disco desde aquel Call Me Crazy (2008) que ya comenté aquí, pero la espera ha valido la pena. Country de
calidad, menos melancólico que su anterior trabajo, y con mucho sabor a
carreteras polvorientas, a moteles desvencijados, a bares anacrónicos a
orillas de la Ruta 66... Y es que Lee Ann Womack es de aquellas
cantantes por las que daría un brazo a cambio de poder escucharlas
sentado en la barra de algún local a las afueras de Nashville, con una
Budweiser en la mano y una indeleble sonrisa en mi cara.
24 Karat Gold: Songs from the Vault (2014), de Stevie Nicks. Como se adivina por el subtítulo del álbum, este 24 Karat Gold
son temas de Stevie Nicks que habían permanecido inéditos, y que ahora
ha regrabado con el otrora miembro de Eurythmics y ahora productor Dave
Stewart. ¡Y menuda colección! 14 canciones (16 en la versión de luxe)
que te hacen preguntarte: "¿Pero cómo puede ser que estas joyitas no se
hayan publicado antes?". La voz más aterciopelada de Fleetwood Mac está
inmensa en este trabajo, que para mí es el mejor de su carrera en
solitario. Piezas que hubieran encajado perfectamente en el Mirage, en el Tusk e incluso en el Rumours, además de alguna que otra sorpresa, como la canción Cathouse Blues, donde Nicks cultiva un estilo nada habitual en ella. Oro de 24 quilates, pues, en esta sorpresa de disco.
Wallflower (2015),
de Diana Krall. Otra veterana del mundillo que ha dado en el blanco, y
de pleno, con su nuevo trabajo. Y es que al parecer este Wallflower está vendiendo lo que no está escrito en USA y Canadá. ¿El secreto? Tirar de clásicos del pop y
llevarlos al particular terreno de la canadiense, o sea, a esa voz
lánguida y susurrante que desarma al más pintado. Y así, Diana hace
suyos oldies tan trillados como el California Dreamin' (de The Mamas & The Papas), el Desperado y el I Can't Tell You Why (ambos de Eagles), o el Don't Dream It's Over
(de Crowded House). También hay lugar para temas menos previsibles,
como el que da título al álbum (original de Bob Dylan) o un inédito de
Paul McCartney llamado If I Take You Home Tonight. Así que Wallflower es
un trabajo variopinto, que se sale de lo facilón cuando lo tentador
hubiera sido limitarse a la apuesta segura de los clásicos, y que
gustará a tu hija de 3 años y a tu abuela de 90. Como dice el título de
esta sección, no te salvará la vida, pero su escucha es más que
placentera.
Casi noviembre, y todavía no me había puesto a escribir el
obligado post sobre mi particular
canción del verano, la canción que elijo cada año como la banda sonora de mi
estío. O, en este caso, la canción que me ha elegido a mí, ya que esta vez el greatest hit que más he escuchado
prácticamente ha sido impuesto. Es lo que tiene tener una peque en casa, que no
se cansan de ver la misma película una y otra vez, ni de escuchar el mismo tema
hasta la saciedad. Hasta la saciedad ajena, claro.
No me quejo, ya que fui yo quien le puse por primera vez la
que ha sido hasta la fecha su peli de cabecera: el clásico de Disney El Libro de la Selva (1967). Y por supuesto,
su soundtrack, que me parece
fantástica, ha sonado una y otra vez en casa y en el coche.
Así que mi canción del verano 2014 sale precisamente de esa
peli y de esa BSO: I Wan’na Be Like You, la que canta el rey de los monos a Mowgli
para pedirle que le desvele el secreto del fuego. Un tema original de Robert y
Richard Sherman, interpretado por Louis Prima, y del que se han hecho incontables versiones, incluyendo una
en español a cargo de una banda de los 80 que tomó su nombre precisamente de su
simiesco protagonista: King Louie. Pero ninguna como la original, con ese swing, ese bebop, ese scat tan
irresistible, y ese fragmento de película que, por más que revise, siempre
disfruto como la primera vez. Así que, en casa, ya somos dos los que no nos
cansamos de Wan’na Be Like You.
Como dice Baloo al final del accidentado rescate de Mowgli
en el que desemboca la canción: "That’s
what I call a swinging party!"
Teatre Auditori Felip
Pedrell (Tortosa, Tarragona), 3 de julio de 2014. No todos los días un
grande del jazz latino toca por
nuestros lares, así que estaba claro que había que aprovechar la visita de Paquito D’Rivera, con motivo de la XXI Mostra de Jazz de Tortosa. Y eso que
el título del espectáculo no me despertaba una especial emoción: JazzMeets
The Classics, consistente en versiones de Mozart, de Chopin y de Bach,
entre otros. Aunque en general me gustan los discos del cubano, reconozco que
hay alguno de lo más aburrido (The
Clarinetist, Vol. 1 (2001) es capaz de dormir a las ovejas). Pero quien no
se arriesga no triunfa, así que nos hicimos con una entrada, y ahí estuvimos, a
ver qué daba de sí la velada.
Por suerte, acertamos. Quién nos iba a decir que la música
clásica podía sonar tan explosiva arreglada en clave de jazz, blues o dixieland. Además, entre los Classics también se contaban monstruos
como Dizzy Gillespie o Tito Puente, así que también hubo espacio para el bebop y el mambo. Todo, por supuesto, con
el inconfundible sabor cubano del latin
jazz. La banda, fantástica, y Paquito, el maestro de ceremonias
perfecto, ya que además de tocar el saxofón y el clarinete como pocos –a menudo
ambos instrumentos durante la misma canción-, el sexagenario músico goza de un
sentido del humor que enseguida conquistó al respetable.
Una gran noche, pues, aunque la duración del evento fue algo
escasa, y se hubiera agradecido que superaran la hora y media de rigor. Y puestos
a pedir, un concierto como éste sería mucho más disfrutable en un lugar más
apropiado que en la butaca de un auditorio. En un garito de La Habana, por
ejemplo, con un mojito en la mano, la humedad del Caribe condensándose en el
aire, y la música de Paquito y su cuadrilla incendiando el local. Por soñar que
no quede…
Ando leyendo estos días Q: The Autobiography of Quincy Jones, que compré en un mercadillo de segunda mano organizado por la comunidad anglosajona de Tortosa. Voy más o menos por la mitad, y sospecho que lo que he leído hasta ahora es lo que más me va a gustar: su infancia, y sus inicios como músico, compositor y arreglista de jazz y bebop. Sobre todo, por el ambiente de los tugurios donde empezó tocando y empapándose del mundillo, las anécdotas de las giras de las bandas en las que militó, y la cantidad de personajes míticos que van apareciendo: Billie Holiday, Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Ray Charles, Count Basie, Duke Ellington, Louis Jordan, Dizzy Gillespie, Miles Davis, Charlie Parker, Frank Sinatra, Tito Puente, Malcolm X…
Al ser una autobiografía (aunque apostaría que se la escribió un "negro"), Quincy Jones probablemente evita los episodios más escabrosos de su dilatada carrera, o los maquilla para que parezcan pequeñas locuras de juventud. Y en los testimonios que acompañan a sus historias, gente como su primera exmujer o sus mejores amigos no hacen más que tirarle piropos y hablar de lo bueno, generoso y maravilloso que es. Pero a pesar de la falta de objetividad, se deja leer, tiene un ritmo ameno, contiene momentos brillantes, y es una buena manera de conocer de primera mano buena parte de la historia de la música americana de la segunda mitad del siglo XX.
Hay cosas imperdonables. Que Carla Bruni, la bella Carla, modelo
sin parangón, antaño protagonista de húmedas fantasías de adolescentes, y
artífice de esa maravilla que fue Quelqu'un m'a dit (2003), se
casara con Nicolás Sarkozy, aciago presidente de Francia y representante
de la derecha más recalcitrante de su país (si no contamos a los
impresentables del FN, claro) es una de ellas. Que en su último disco, Little French Songs
(2013) dedique una canción al mentado Sarkozy, humanizándolo, y otra
ridiculizando al que le arrebató la presidencia del país, el socialista
François Hollande, también tiene delito. Y que incluya un ejercicio de
pedantería relatando sus experiencias en casa de Keith Richards y su
antigua novia Anita Pallenberg allá por los años 70, ya es el colmo de
los colmos.
Pero claro, uno va oyendo el disco, y va sintiendo como la voz susurrante de Carla le va acariciando la nuca. Con esos aires de chanson, con ese sabor a blues añejo, con esos sonidos robados al jazz, con esa simplicidad que parece tan fácil y es tan y tan difícil... Además, las canciones mencionadas, Mon Raymond, Le Pingouin y Chez Keith et Anita
respectivamente, son de lo mejorcito del álbum, verdaderas joyitas
donde notas que la exprimera dama se lo está pasando en grande, y
transmite esa alegría, ese buen rollito, ese "esto lo hago yo porqué
disfruto haciéndolo". Y mira, uno va dejando de lado el rencor, los
reproches, el haberse pasado al enemigo, y no puede hacer más que cerrar
los ojos y dejarse mecer por la voz ronroneante de Carla la traidora,
Carla la pérfida, pero también Carla la sensual y magnética que nos
estremeció hace 10 años con su álbum de debut, y que vuelve a hacerlo
con este Little French Songs. Así que, misericordioso que es uno,
decide perdonar lo imperdonable, olvidar viejas rencillas, y caer
rendido a los pies y, para que nos vamos a engañar, también a las infinitas
piernas, de Carla Bruni. Si es que, en el fondo, somos unos santos...
Acabo de ver Ted, una tontería de película que
pretende ser irreverente, pero que no es más que una ñoñería llena a
rebosar de los topicazos de las comedias románticas americanas. En ella,
un osito de peluche cobra vida, y adicto como es a la marihuana y a las
tías buenas, va liándola parda con su amigo, que fue quien deseó de
pequeño que su querido juguete estuviera vivo.
A parte de algún que otro chiste gracioso, lo único que salvaría de la quema son las colaboraciones en el filme de Norah Jones. En primer lugar, en la banda sonora, donde interpreta Everybody Needs a Best Friend
de Frank Sinatra. Y en segundo, su cameo, primero con una actuación en
directo donde canta un pedazo de uno de sus temas más famosos, Come Away with Me. Y luego, con el diálogo que mantiene con el mentado osito, Ted, en una de las mejores escenas de la peli. Transcribo:
TED: ¡Hey, toca el Para Elisa, zorra jazzera! NORAH JONES: ¡Teddy! ¿Qué tal va todo, pedazo de capullo? T: Bueno, no soy una macizorra medio musulmana que ha vendido 37 millones de discos, pero bueno, voy tirando... NJ: Medio india, pero gracias. T (en voz baja): Gracias por el 11 de Septiembre.
(...)
T: ¡Dios, estás fantástica! NJ: Bueno, será que no estás acostumbrado a verme con ropa. T:
Si, es verdad. (A su amigo) Es que Norah y yo nos conocimos en el 2002
en casa de Belinda Carlisle, y echamos un polvo peludo en el
guardarropa. NJ: De hecho, no lo hiciste mal para no tener pene... T: Si, he enviado un montón de cartas de queja a la fábrica por eso.
Si os hacéis con la peli, este fragmento está en el minuto 1h09m. El
resto, en mi opinión es más que prescindible. Pero hay gustos para todo,
y tardes de domingo muuuuy largas...
Si hace unas semanas inauguraba una sección titulada Discos que no te salvarán la vida, pero que te pueden alegrar el día, hoy hago lo propio con otra que he llamado Curiosidades del mundo animal.
En ella encontraremos grupos y álbumes que mezclan estilos que, a
primera vista, combinan tan bien como una casaca militar con unas mallas
de ballet de color rosa. Y sin embargo, la mayoría de las veces el
invento funciona, y descubriremos buenos a la par que atípicos discos
que, si no se convertirán en nuestro álbum de cabecera, sí que nos
alegrarán las orejas y nos arrancarán alguna que otra sonrisa. Y quién
mejor para desvirgar esta sección que los Diablo Swing Orchestra.
Ni más ni menos que desde Suecia nos llega este grupo que fusiona ritmos tan dispares como el metal, el swing y la ópera, aunque en sus temas también podemos encontrar retales de stoner,
de sonidos árabes o de corridos mejicanos, entre otras perlas. Pero la
cosa es que, créanlo o no, suenan bien. En la banda, como no podía ser de otra manera,
encontramos instrumentos poco habituales en el metal: ahí están ese
trombón, esa trompeta y ese violonchelo, acompañando a los
imprescindibles bajo, batería y guitarras, y a la fantástica voz de su
cantante Annlouice Loegdlund.
Su tercer y último larga duración atiende al curioso nombre de Pandora's Piñata (2012), y el tema que lo abre no tiene desperdicio. Se trata de Voodoo Mon Amour, cuyo lyric video cuelgo más abajo. Pasen y vean, y disfruten de este engendro demoníaco que es Diablo Swing Orchestra. Otro día, más rarezas.
Podría decir muchas cosas sobre Glad Rag Doll (2012), el último trabajo de Diana Krall: Que supone un giro en su carrera, ya que interpreta temas relativamente desconocidos de jazz y
vodevil de los años 20 y 30, en lugar de los standards habituales. Que
está producido por T-Bone Burnett. Que la cantante escogió 35 canciones
que escuchaba de pequeña y le dio la lista a Burnett para que
seleccionara las que conformarían el álbum. Que el productor no comunicó
a Krall los temas elegidos hasta que entraron en el estudio...
Pero
sinceramente, tras unas cuantas escuchas, he de reconocer que lo que más me ha impresionado es la foto de portada, en la cual
Diana -que este mes cumplirá 46 años- está TREMENDA.
En fin, supongo que esto dice poco bueno del disco, y aún menos de mí...