miércoles, 17 de julio de 2019

Vicio

Los años 80 sembraron de bandas de rock urbano las periferias de las grandes ciudades españolas. Algunas de ellas (Leño, Los Suaves, Barricada...) cataron las mieles del éxito y se convirtieron en parte de la historia musical de este país. Pero la inmensa mayoría no pasaron de tocar en garitos y fiestas de barrio, grabar 2 o 3 LPs, con suerte telonear alguno de los grupos del momento, para luego disolverse. Podríamos decir que éste es el caso de Esturión, una formación nacida en Vallecas que publicó su primer trabajo, este Vicio que hoy nos ocupa, en 1989.

No soy muy de rock urbano, pero sí me gusta mucho este disco, sobre todo porque a los sonidos típicos y tópicos del género añade unas sonoridades no demasiado habituales: el blues y el rhythm & blues. De hecho, aunque todas las canciones son buenas, para mí las tres joyitas que contiene son las tres más blueseras, las tres sonando consecutivas en lo que sería la cara A del vinilo.

Qué echaste en el vaso es un rock'n'roll divertido y muy cañí, con guitarras a lo Chuck Berry, teclas a lo Jerry Lee Lewis... y la voz de teleñeco de José Antonio Cano alias Txiquitín. Le sigue un pedazo de blues a medio tiempo, El último juicio, donde la armónica se luce al igual que ya hizo en el tema anterior. Y los útimos acordes empalman, casi como si pertenecieran al mismo corte, con Ritm and blues (sic): una gozada de instrumental que he escuchado cientos de veces desde que un amigo me lo grabó en una cinta hace 30 años. Me flipa esta sobredosis de energía condensada en 1 minuto y 53 segundos. Una canción frenética, atroz, con los instrumentos volando en sincronía y terminando con unos compases ralentizados de puro agotamiento.

He de decir que el resto del disco también está muy bien, repleto de los signos de identidad del rock macarra de la época. De hecho, a mi pesar, Esturión siguió insistiendo en el estilo arquetípico del género en sus dos siguientes (y últimos) trabajos, endureciendo su sonido y dejando de lado esas influencias blueseras, que era lo que más me atraía de la banda.

Un buen álbum, pues, para revivir el sabor del rock ochentero de barrio más allá de los trillados Leño y compañía, y para que los más blueseros se deleiten con las tres canciones mentadas. Además, en 2016 se publicó una versión remasterizada que suena de vicio. Y nunca mejor dicho.


 
 

lunes, 8 de julio de 2019

El club de los 50


Hace unos años leí un artículo en La Vanguardia que hablaba de El Club de los 100: un club en realidad inexistente, que se considera que lo forman los viajeros que han visitado más de 100 países. 
 
Nunca he aspirado a convertirme en miembro de ese club, pero acabo de darme cuenta que sí he entrado en el que podríamos llamar El Club de los 50.

  1. España
  2. Andorra
  3. Países Bajos (1990, 1998, 2018)
  4. Austria (1991)
  5. Italia (1991, 2004, 2005, 2011)
  6. República Checa (1993)
  7. Túnez (1994)
  8. Turquía (1996)
  9. Estados Unidos (1997, 1998, 1999, 2005, 2014)
  10. Suiza (2000)
  11. Marruecos (2000, 2009)
  12. Groenlandia (2001)
  13. Dinamarca (2001, 2013)
  14. Venezuela (2002)
  15. Australia (2002)
  16. Reino Unido (2000, 2003, 2008)
  17. Francia (2002, 2016, 2017)
  18. Sudáfrica (2003)
  19. Namibia (2003)
  20. Botswana (2003)
  21. Zimbabwe (2003)
  22. Ciudad del Vaticano (2004)
  23. Perú (2004)
  24. Jordania (2004)
  25. Gambia (2005)
  26. Camboya (2005)
  27. Tailandia (2005, 2007)
  28. Bélgica (2006)
  29. Luxemburgo (2006)
  30. Guatemala (2006)
  31. Belize (2006)
  32. México (2006)
  33. Brasil (2006, 2010)
  34. Laos (2007)
  35. Egipto (2008)
  36. Eslovenia (2007, 2010)
  37. Irlanda (2008)
  38. Colombia (2009)
  39. Polonia (2010)
  40. Alemania (2006, 2007, 2010, 2018)
  41. Chile (2010)
  42. Argentina (2010)
  43. Bolivia (2010)
  44. Paraguay (2010)
  45. Indonesia (2011)
  46. Portugal (2012)
  47. Suecia (2013)
  48. Canadá (2014)
  49. Hungría (2015)
  50. Irán (2018)
  51. Azerbayán (2019)
  52. Georgia (2019)

lunes, 17 de junio de 2019

Discos que no te salvarán la vida XIV

Vamos con una ecléctica selección de algunos de los discos que estoy escuchando estos días más de lo médicamente recomendable.
 

Free Yourself Up (2018), de Lake Street Dive. Mi amigo Miquel Àngel me descubrió a esta banda originaria de Boston hace unas semanas, y estoy disfrutando de lo lindo su último trabajo. Las dos características más particulares de este grupo de soul blanco es el uso de contrabajo (en lugar de bajo eléctrico) y el vozarrón de su líder, la encantadora Rachael Price, que más que una voz tiene una navaja suiza.  If you're gonna tell them everything / Tell 'em I'm a good kisser!








Spectacular Class (2019), de Jontavious Willis. ¡Me encanta este disco! Me recuerda mucho a los primeros trabajos de Keb' Mo', el cual hace un cameo tocando el banjo en el vídeo que cuelgo abajo (y de hecho, Willis telonea a Mo' en su gira americana). Blues tradicional que suena fresco y desenfadado, una maravilla para los que amamos esta variedad del género, una variedad que por desgracia no hay demasiados artistas que cultiven.





  
Destilar (2019), de La Vela Puerca. Tras casi un cuarto de siglo de carrera, los uruguayos  La Vela Puerca siguen publicando discos la mar de efectivos: quizás no tan punkies como los de sus inicios, pero igual de vitales. Este Destilar (curioso título, por cierto) es otra gozada de las que se  disfrutan con el volumen a toda castaña, un álbum divertido y con la contagiosa energía marca de la casa. Acabo de enterarme que a mediados de septiembre aterrizan en Barcelona. A ver si me regalo una entrada, porque me encantaría verlos en directo.



lunes, 3 de junio de 2019

Will Wilde en La Traviesa

La Traviesa (Torredembarra, Tarragona), 2 de junio de 2019. Ayer me levanté con el cuerpo pidiendo música en directo, así que consulté la programación del Bluegrass Bar La Traviesa, que siempre es apuesta segura para las noches de domingo. Tocaba un tal Will Wilde, blues-rock según rezaba el programa, y busqué su nombre en YouTube. Y resulta que Will es una bestia parda con la armónica, un instrumento al cuál últimamente estoy muy enganchando (y lo digo de forma literal), así que la propuesta era más que atrayente. Pero fue ver este vídeo y disiparse cualquier duda:

Gran bolo el que se marcó el británico y su banda en ese oasis musical que es la Travi, que acababa de inaugurar la temporada de verano y por tanto los conciertos en el patio exterior. La luz del día que todavía había cuando empezaron los primeros temas no acompañaban demasiado al blues-rock enérgico de Will, pero su feeling y potencia a la armónica caldearon pronto el ambiente. ¡Menuda manera de soplar! La armónica es un instrumento que puede resultar excesivo si se abusa de él, pero en la boca de Wilde era tan agradecido como los solos de un buen guitarrista.


Así que el espectáculo fue creciendo, y también la entrega del respetable. Cayeron varias canciones de sus primeros álbumes, y alguna nueva composición. Pero fue en la segunda mitad del show, ya con la noche sobre nuestras cabezas, y con las canciones del último disco Bring It on Home (2018), compuesto íntegramente de versiones de artistas británicos, cuando el público enloqueció. Cayeron The Wizard de Black Sabbath, una espectacular Love that Burns de Fleetwood Mac, Parisienne Walkways de Gary Moore y Lazy de Deep Purple. El bis fue una tremenda reinterpretación del clásico de Canned Heat On the Road Again. Y ahí tenía que acabar la cosa, según el papel con el set-list que yacía sobre el escenario. Pero el ambiente estaba tan al rojo vivo que los vítores y jaleos del público obligaron a Will y a su grupo a disparar un último trallazo, en este caso Can't Hold Out (Talk to Me Baby) de Johnny Winter, que fue coreado por todos los asistentes.

Todo un descubrimiento, este Will Wilde, y otra noche para el recuerdo gracias a la gente de La Traviesa.

lunes, 27 de mayo de 2019

Getz/Gilberto

En mi periplo por Brasil en 2006 descubrí varios artistas, algunos de los cuales sigo escuchando (soy un enamorado de María Rita, por ejemplo), y otros que ya no. Sin embargo, me topé con el disco que hoy nos ocupa algunos años después, en el fantástico blog Jass It Up, Boys! de Olvido, inspiradora de este nuestro blog y por tanto en cierto modo culpable de que hoy esté escribiendo estas líneas aquí. Curiosamente, pese a que cuando estuve en Brasil no lo conocía, es este Getz/Gilberto (1964) el álbum que más me recuerda a mis semanas en el país latinoamericano. Es escuchar cualquiera de sus temas y teletransportarme al instante a Jericoacoara, el pueblecito costero entre Fortaleza y Sao Luís donde pasé los últimos días del viaje.

La cadencia del jazz y la bossa nova, el rumor de las percusiones que suenan a oleaje, la brisa cálida del saxo de Stan Getz, la melancolía en las voces de João Gilberto y su mujer Astrud... Todo me devuelve a las calles de arena de Jeri, a los paseos por la playa, a los atardeceres en la Duna do Pôr do Sol, a la hamaca que colgaba del porche de la pousada Tropical Brazil, al sabor agridulce de haber vivido una aventura increíble pero ser consciente que quedaban pocos días para abandonar uno de los países más cautivadores que he visitado.

¿Se pueden recomendar solo 2 o 3 canciones de este disco? Difícil. Todo él, con su media hora escasa de duración, es perfecto, una unidad de la que cuesta elegir un corte en particular, y mucho más descartar alguno. Personalmente, yo me quedo con la mítica The Girl of Ipanema y la entrañable Doralice, los dos temas que abren esta joya. Pero vamos, que lo ideal es tumbarte en una hamaca un atardecer de verano, servirte una caipirinha, cerrar los ojos, escucharlo enterito y, hayas estado en Brasil o no, dejar que la saudade te invada.