Recuerdos
Mi madre cuenta que, a los 3 años, yo era un auténtico terremoto, un diablo de Tasmania en miniatura que no podía estarse quieto un segundo: corriendo de lado a lado del comedor, poniéndolo todo patas arriba, subiéndome por los muebles, metiendo los dedos en los enchufes... Vamos, lo que ahora se denomina un hiperactivo, aunque hace 33 años se conocía como un insoportable cabroncete.
Por aquel entonces entró en casa el primer reproductor de cassette, un Sanyo portátil, con funda de plástico negro y un solo altavoz. Y ese día me senté en el sofá, puse el reproductor sobre mis piernecitas, y empecé a escuchar un puñado de cintas que mi abuela nos dejó. Ponía una cinta, le daba al play, escuchaba un trozo de canción, daba al stop, rebobinaba, volvía a escuchar el trozo, volvía a parar, rebobinaba, cambiaba de cinta, le daba al play... y así horas y horas. Cuando mi padre llegó de trabajar y vio la tortura a la que estaba sometiendo al pobre aparato, propuso a mi madre quitármelo, o con tanto trajín lo iba a romper.
-¡De eso nada! -atajó mi madre. - Es la primera vez que el niño está más de cinco minutos quieto y sin destrozar nada, así que nadie le va a quitar el cassette si no es por encima de mi cadáver. Y si lo rompe, ¡le compraremos otro!
Y así fue como pasé interminables horas en ese sofá marrón, trasteando ese Sanyo, escuchando cintas de mi abuela (de hecho, iba a hablar de una de ellas al empezar este post, pero me he dejado llevar por los recuerdos), pulsando el play, al stop, rebobinando y dándole otra vez al play. Creo que esa es una de las imágenes más antiguas que tengo de mi infancia.










