lunes, 10 de abril de 2017
Les Golfes Club (Tarragona), viernes, 7 de abril de 2017. Como prólogo de la crónica, una de cal y una de arena. La de arena: el cachondeo de los horarios. En el cartel "oficial" indicaba que el concierto empezaba a las 21.30. En la web donde se compraban las entradas, que la apertura de puertas era a las 22.00. E incluso en una agenda de eventos estaba programado para las 22.30. Lo cierto es que el bolo empezó a las 21.35, y durante la primera media hora hubo un goteo de asistentes que entraban con cara de joder, ¿ya ha empezado?.
La de cal: lo fantásticamente bien que suena la música en directo en Les Golfes Club. El cierre de La Vaquería, hace casi 3 años, había dejado huérfana la noche tarraconense de canción de autor en directo. Así que esperemos que esta sala tome el relevo, porque es ideal para conciertos de pequeño formato.
Dani Flaco llegó para presentar su último trabajo, Verbenas y fiestas menores (2017), acompañado a las teclas por un tal David Sam, que bordó su papel, tanto en las canciones más melódicas como en las más honky tonk. Dani dividió el espectáculo en dos partes: la primera, con los cortes más lentos del repertorio: A ras del suelo, Versos y madera, Fiesta menor... Menos mal que el de Bellvitge va intercalando bromas y chistes, porque si no media sala se le suicida con tanta letra de sufrimiento y desamor. Luego, David Sam se quedó a solas e interpretó un tema propio del que será su primer disco. Y a partir de ahí, canciones más movidas, aunque con historias a menudo igual de hirientes: Llegó la primavera, La niña de los ojos de papá, La última vez... Pero a los conciertos de Dani Flaco se viene a eso, a sufrir, a emocionarse, a estremecerse... aunque también a reír y a corear canciones como la que cerró la noche, la ranchera Versión original. Una velada intensa y demasiado corta, ya que el tiempo apremiaba por una maldita sesión de DJs que había programada justo después, y que obligó a Dani, para desencanto de los presentes, a saltarse algunos de los temas previstos.
Esperemos que Les Golfes siga apostando por este tipo de eventos, porque aunque no gozan, por desgracia, de una afluencia masiva de público (desconozco si la sesión de DJs congregó más gente), sí tienen un buen puñado de parroquianos que nunca fallan.
miércoles, 5 de abril de 2017
The Brew en la Sala Zero
Sala Zero (Tarragona), viernes, 31 de marzo de 2017. Quinta vez (creo) que The Brew visita el Camp de Tarragona, y tercera que David, cofundador de este blog, y el que suscribe, vamos a verlos. He de reconocer que sus trabajos en estudio no son mis discos de cabecera: de hecho, me cuesta escuchar cualquiera de ellos del tirón, me saturo a las pocas canciones. Pero disfrutarlos en directo es una apuesta segura, y en esta tercera ocasión tampoco me defraudaron.
Vale que el espectáculo es el de siempre: mucho virtuosismo, muchos decibelios, los trucos de Jason (la guitarra sobre la cabeza, tocar con arco de violín...), el inefable solo de batería de Kurtis, la actitud de papá Tim... Pero siguen siendo tan enérgicos y entregados que se les perdona la repetición, y es imposible (si vas predispuesto, claro) no quedar apabullado por su propuesta: casi dos horas de técnica y tralla blues-rock. En esta ocasión, además, con sorpresa: versión de Break on Through de los Doors que, por supuesto, sonó impresionante.
Buena noche pues, con los amigos de The Brew. La escena concertil tarraconense está mejorando, pero tampoco es para echar cohetes, así que mientras los británicos sigan dejándose caer por estos aledaños, tienen asegurada la fidelidad de un público considerable. En el que me incluyo, claro.
miércoles, 22 de marzo de 2017
Popa Chubby en la Sala Zero
Sala Zero (Tarragona),
domingo, 12 de marzo de 2017. ¿Cómo, o mejor dicho, por qué pasó a engrosar
mi discoteca el CD How’d a White Boy Get The Blues (2001), de Popa Chubby? Cuando lo compré no existía Youtube, ni Spotify, y
las emisoras de radio que se pillaban por mi zona raramente programaban blues-rock (por desgracia, eso no ha
cambiado demasiado a fecha de hoy). O sea, que dudo mucho que escuchara ninguna
canción suya en ninguna parte. Pero aun así me hice con él, y me encantó.
Así que, 16 años después, aluciné cuando David me dijo que
el neoyorkino tocaba ni más ni menos que en Tarragona. Por supuesto, no nos
íbamos a perder la cita, así que allí nos plantamos, un domingo, a las ocho de
la tarde. Mucho me temía que seríamos cuatro los gatos que asistiríamos al
concierto. Pero no: la afluencia de público, sin ser un exitazo, fue más que
digna. Y lo mejor: todos los asistentes nos entregamos al bluesman desde el primer minuto.
No sé cuánto pesa Poppa Chubby, pero no debe faltar
demasiado para los 200 kilos. Así que camina lento, inseguro, esquivando cables
y pedaleras para estrechar las manos de los asistentes de las primeras filas.
Pero cuando toma asiento y ataca con su Stratocaster desconchada, no hay quien
le pare. Empieza con un instrumental poderoso, con un sonido que recuerda a
George Thorogood. Pero no solo el blues-rock
domina el americano. Como él comenta con acento yanqui pero la mar de
entendible, ama el blues, el rock’n’roll, el jazz, el heavy metal… y da fe de ello tocando con maestría todos
los palos. Sus dedos rollizos se deslizan a velocidad de vértigo, su simpatía y
autenticidad conquistan al más receloso, y la Sala Zero se incendia. La banda,
bajo y batería, muy bien también, y aunque Chubby no hace más que tirarles
piropos, en ningún momento eclipsan al protagonista.
Su repertorio de temas propios lo complementan algunas
versiones tan curiosas como emocionantes, como el Hallelujah de Cohen o una reinterpretación instrumental del Over The Rainbow de Judy Garland. Al rato, Chubby decide dar un descanso a
la Strato. Abandona su taburete, se sienta en una segunda batería que hay en el
escenario (supongo que de los teloneros, aunque quizás era parte del equipo del
americano), y se enzarza en un brutal duelo con el bataca oficial. Y se revela que Popa, además de un virtuoso de la
guitarra, también lo es de las baquetas.
Tras casi diez minutos de gloria aporreando timbales y
platos, el bluesman vuelve a la
guitarra para seguir deleitando al personal. Las canciones se suceden, el tiempo
vuela, y caen los últimos temas y la última versión de la noche, la irresistible Hideaway de
Freddie King. En total, una hora y media orgásmica… y con un pequeño coitus interruptus. Tras despedirse del respetable y abandonar el
escenario, todos esperábamos unos bises para redondear el concierto. Pero mover
200 kilos no debe ser tarea fácil, y la noche anterior el americano había
tocado en alguna ciudad de Alemania, así que había sido una larga jornada para
Popa. O sea, que no volvió, y todos nos quedamos con ganas de más. Se le perdona,
ya que la velada había sido fantástica, y sin duda será para mí uno de los conciertos
del año.
viernes, 10 de marzo de 2017
The Quireboys en la Sala Toman

El bolo empezó con el tema que da título a su último trabajo, Twisted Love (2016), pero como no podía ser de otra manera, cayeron varias canciones de su trabajo más celebrado, A Bit of What You Fancy (1990). Nada que objetar: es un disco que amo tanto, que estaría en la gloria si decidieran tocarlo de cabo a rabo. Pero había que dejar espacio para otras joyitas de su prolífica carrera, así que también sonaron clásicos como This is Rock’n’Roll, Mona Lisa Smile o Tramps and Thieves, de su fantástico Bitter Sweet and Twisted (1993), un álbum a reivindicar, ya que no tuvo el éxito que merecía por la irrupción del grunge en la escena rocanrolera mundial.
Spike, como siempre, el frontman perfecto, gracias a esa pinta de corsario inglés, esos contoneos y esa entrega sobre el escenario, y ese sentido del humor irresistible. Y la banda, impecable, pese a que el sonido y la acústica de la sala no eran los mejores del mundo.

Así que la hora y media de rock y diversión pasó como una exhalación, y nos dejó a todos encandilados, tanto a los que conocíamos la discografía de los Quireboys como a los neófitos que, siguiendo mis efusivos consejos, se dejaron arrastrar a lo que les garanticé que sería un gran concierto de rock’n’roll.
Y como guinda, el tercer lujazo de la noche: cuando la sala ya se había empezado a vaciar, los componentes del grupo salieron a tomarse algo a la barra, y tuvimos la oportunidad de intercambiar algunas palabras con ellos y hacernos fotos. Así que David y yo nos fotografiamos con un sonriente Spike. Yo le felicité por el concierto: “Great gig!”. Y David, sorprendido por su energía en el escenario, le soltó “You are in a very good shape!”, a lo que Spike respondió: “For my age?”.
jueves, 16 de febrero de 2017
La banda de rock más grande del mundo
La mayoría de los cantautores actúan solos. Luego existen
los dúos, los tríos, los cuartetos… The Allman Brothers Band eran seis. La actual
formación de los Cherry Poppin Daddies, ocho. Y Los Inhumanos, aquel grupo valenciano
tan popular hace tres décadas, eran ni más ni menos que treinta.
Pero lo de la banda que sigue es otro nivel: se llama Rockin’
1000, y está compuesta ni más ni menos que por MIL músicos, todos tocando a la
vez. Sin duda, verlos en directo ha de ser alucinante, como se puede comprobar
en versión que hacen de Smells Like Teen
Spirit de Nirvana:
En su web oficial se pueden ver más vídeos.
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