jueves, 13 de marzo de 2008

Duro de oído

Me imagino a mi tatarabuelo en una apacible tarde de café y tertulia con sus amigos, tranquila y con poco ruido. En cuanto pienso en ello me doy cuenta de lo poco que sé sobre él. De hecho no sé nada, y también bien poco de su hijo, mi bisabuelo. Me pregunto como es posible que haya tenido tan poca curiosidad por todas aquellas personas que han influido tan directamente sobre mi existencia, así que anoto en mi libreta de pendientes subsanar este error, y sigo con mi reflexión.

Estaba pensando cuan diferente de la nuestra fue la vida acústica de la gente que ha vivido cien o doscientos años antes que nosotros en este planeta. Ver una banda de música en directo debía ser una auténtico acontecimiento, quizás una de las pocas ocasiones en las que escuchar música en la vida. Probablemente, se cantaba, se bailaba, y se tocaba mucho más, pero de verdad, desde dentro, sin ningún atisbo de comercialidad, ni de mercado, sino para sentir y para hacer sentir.

Pero lo que más les impactaría, si pudieran vivir nuestra experiencia musical actual, es el volumen. Estamos acostumbrados a ello, pero en nuestros tiempos, todo atruena. Timbres de teléfonos móviles, bocinas, alarmas, motos trucadas para ser el máximo petardeador de la galaxia, y sobretodo, CDs creados buscando el límite de volumen, conciertos atronadores y bares donde la gente intenta hablar bajo una lluvia de decibelios infatigable (esto último siempre ha molestado mucho a los que como yo, llegaron tarde al reparto de caras, y para ligar, deben compensarlo con una buena conversación. En estas condiciones, imposible, calabazas y a dormir la mona solo, again).

Empiezan a salir las primeras informaciones sobre los daños causados por la música a alto volumen escuchada con auriculares, y es que se trata de un daño progresivo, que apenas se nota, pero que convertirá a muchos, dentro de 10 ó 15 años, cuando tengan 40, en tíos muy muy duros... pero de oído.

Entre los músicos, técnicos y demás profesionales del sonido, la cosa está peor, y creo que es uno de los secretos más escondidos o ignorados del negocio. Es imposible que unos oídos puedan soportar la caña regular de ensayos y directos típica de una banda de rock. Yo mismo hace tiempo que noto los efectos: en silencio, mis oídos son como una televisión sin ningún canal sintonizado (¿recordáis aquella pantalla con nieve? Pues eso). Es leve, pero sé que puede a ir a más. Se llama tinnitus, o pérdida gradual de oído por trauma acústico. Buscas un poco, y aparecen muchos nombres conocidos: Pete Townshend (The Who), Neil Young, Sting, James Hetfield (Metallica), Jeff Beck, Mick Fleetwood (Fleetwood Mac), ...

Hace tiempo que toco con protección, pero no es lo mismo. Se pierden agudos, medios, y muchísimo feeling, pero sé que, si no me protejo, los voy a perder igualmente de forma definitiva en unos años. Pero es que un ampli de guitarra, a válvulas, es la bomba cuando lo aprietas un poco (en todo caso, da igual, los que tocáis rock con un buen batería, en un local pequeño, sabéis que hace falta darle caña al master para oír tu instrumento).

En todo caso, e incluso con protección, cada ensayo tiene un precio, y lo notas cuando acaba (pero, ya me avisaron Los Suaves, no puedo dejar el rock).

Es posible que acabe como una campana. Para conformarme, pienso... ¡para lo que hay que oír!.

2 comentarios:

Jo mateixa dijo...

Si, me temo que la profesión de otorrino es de las que tiene más futuro.
Saludos.

Ana dijo...

No poder disfrutar de Antonio Sánchez.Cuando leí tu post es lo primero que me vino a la cabeza. Antonio Sánchez es uno de los tres percusionistas que acompañan en su último trabajo a Esclat Gospel Singers & Big Mama. Impresionante lo que hace con unas cáscaras de nuez y unas semillas. Cincuenta personas haciendo los coros, Big Mama despuntando en el solo y mi oído tuvo a bien deleitarse -entre todo ese despliegue de sonidos- en el sublime trabajo de Antonio.

Después de leer tu post,cuidaré de mi oído para no perderme en un futuro esos pequeños placeres.
Gracias.

Un abrazo.