Si hace unos tres años me congratulaba porque los Blues Traveler
habían publicado un trabajo digno tras unos LPs de lo más
decepcionantes, hoy me apena decir que aquello fue sólo un espejismo. Y
es que los neoyorquinos han vuelto a pifiarla en su último álbum, Blow Up The Moon
(2015). A diferencia de algunos de sus discos de la década del 2000, que eran
bastante experimentales y sosos, hay que decir que los Blues se han ido
al otro extremo: la comercialidad. Resulta que ahora van de rollo reggae, funk, rap y
mucho "na-na-nah" pastelero. En cada tema van acompañados de grupos y
artistas invitados, algunos conocidos como Hanson y otros que no le
suenan ni a sus respectivos padres, como unos que se llaman 3OH!3 (¿cómo
diantre se debe pronunciar eso?). El resultado es una colección de
canciones facilonas y predecibles, que quedarían de fábula en el típico
anuncio estival de cervezas, pero que no soportan más de tres escuchas.
En fin, seguiremos disfrutando de sus primeros discos, aquellas joyitas como su homónimo Blues Traveler (1990) o el superventas Four (1994). Pero queda clarito clarinete que los BT de ahora no son ni la sombra de lo que fueron.
Whitesnake, The Darkness, The Poodles, Nubian Rose, Halestorm,
Santa Cruz, Hinder... Varios de mis grupos favoritos están publicando nuevo trabajo este 2015. A algunos ya les he echado una oreja, y a otros todavía
no he tenido ocasión. Pero, y aun a riesgo de equivocarme ya que
todavía no estamos ni en verano, me parece que ya sé cuál va a ser para
mí el disco del año: el inesperado come back de los británicos Thunder, con su Wonder Days (2015). Una maravilla de álbum que cuanto más escucho más me gusta, y eso que ya lo he escuchado un porrón de veces..
En
diciembre confirmaré si mi corazanada resultó cierta o si me equivoqué y
descubrí algo mejor durante la segunda mitad del año. Pero alto, que digo alto, altísimo, ha puesto el
listón la banda de Danny Bowes.
Grandes expectativas había generado el anuncio del nuevo álbum de los finlandeses Santa Cruz, después de aquel celebradísimo Screaming for Adrenaline
(2013). El amigo Sammy lo etiquetó como "el mejor disco de hard/sleazy
de los últimos 15 años",
y yo mismo escribí que "si lo
hubiera firmado Mötley Crüe en lugar de los debutantes Santa Cruz, todos
estaríamos hablando del resurgir de la banda californiana".
Pero los dos primeros adelantos, en forma de vídeo (We Are The Ones to Fall y Wasted 'n' Wounded) trajeron el desconcierto: eran temas rarunos, con poco que ver con obras clásicas del sleaze, y convirtieron las esperanzas en recelos.
Finalmente,
hace unas semanas el álbum, homónimo al grupo, vio la luz, y las
sospechas se han confirmado. Ya desde los primeros compases que lo
abren, de la canción Bonafide Heroes, nos damos cuenta que estamos ante un trabajo extraño. Al parecer, la joven banda ha intendado buscar un sonido propio que les distinga de las hordas de grupos revival que pululan actualmente por el hard rock actual (léase Steel Panther, The Darkness, Reckless Love, H.E.A.T., Love Cream, Deadly Sin...). ¿Consiguen los fineses este sonido propio? Pues sí y no. En sus nuevas canciones, los Santa Cruz captan influencias no sólo del sleaze, sinó también de muchas otras variantes del hard rock, tanto de los 80 como posteriores: hair-metal, grunge, post-grunge, crossover, funk-rock, rap...
Así que en este trabajo son capaces de sonar a Bon Jovi, Anthrax, The Offspring, Red
Hot Chilli Peppers, Rage Against The Machine... ¡todos en la misma
canción! Es decir, no recuerdan a nadie en concreto, y a muchos a la vez.
Además, en mi opinión abusan de los coros del tipo
"uo-uo-uoh" y "na-na-nah" y, sobre todo, de los estribillos, repetidos
hasta la saciedad en cada tema. De hecho, a menudo, más que canciones
"al uso", son reiterados estribillos conectados por solos de guitarra,
batería, o los mencionados coros. Sirva como ejemplo el último sencillo
extraído del LP, My Remedy:
A
pesar de todo, he de decir que el Santa Cruz (2015) no me parece malo, y de
hecho muchas cosas buenas se pueden decir de sus canciones: son
enérgicas, descaradas, insolentes, atrevidas, y la notable destreza
técnica de estos mocosos aporta algunos momentos brillantes. Pero, tras
varias escuchas, el resultado global me sigue pareciendo
desconcertante, y me deja una sensación entre "esto me suena" y "¿pero
esto qué es?".
Me queda la duda de cómo soportará el paso
del tiempo este disco. ¿Tanto estribillo y tanto gritito acabarán por
hacerse pesados? ¿Será un álbum que iré recuperando de vez en cuando, o
quedará olvidado en la jungla de bits de mi disco duro una vez lo
saque del iPod? De momento, lo estoy disfrutando (sin que me vuele la
cabeza), pero los meses dirán qué valoración final le doy a este
experimento que todavía hoy me tiene descolocado. Y habrá qué ver qué
senda siguen los fineses, si la de este sonido "propio pero ajeno", o la
del sleaze revival de su debut. Las ventas y los bolos en esta nueva aventura lo dirán.
Robert Johnson, J.J. Cale, Paco de Lucía, los otros dos Kings (Freddie
y Albert)... Todos dan la bienvenida al Olimpo de los dioses de la
guitarra al verdadero rey, el gran B.B. King, que hoy ha dejado un poco
más huérfano al blues. No por esperada (tenía casi 90 años y
hacía tiempo que se le veía bastante maltrecho) la noticia ha sido menos
dolorosa. El cariño, el respeto y la admiración que se ganó a pulso
Riley B. King está al alcance de muy pocos, quizás de él solo. B.B. era
un prodigio de la técnica, pero en sus seis cuerdas había mucho más: un feeling inigualable,
un sentido del humor irresistible, un llanto sobrecogedor, un sello
inconfundible con sólo dos punteos, una manera de hacer cantar a la
guitarra como si tuviera voz humana... Además, su altruismo y
generosidad le hicieron trabajar con casi todo el que se lo pidió: desde
Eric Clapton en aquel memorable Riding with the King (2000) hasta Raimundo Amador, pasando por U2, Kenny Wayne Shepherd, Diane Schuur, Brad Paisley, Gary Moore...
No podía dejar pasar este día sin homenajear en este humilde blog al guitarrista más grande de todos los tiempos. El Rey ha muerto, viva el Rey.